Quién era, qué soñaba, qué sentía era algo que las personas que pasaban a su lado todos los días jamás sabrían. Probablemente tampoco nunca se lo preguntaran. Simplemente porque no les importaba. Ni siquiera a los que por educación le arrojaban un descuidado buen día y seguían su camino sin esperar respuesta. Para los pocos que lo registraban era un personaje extraño.
Pero aquel hombre, esa persona tranquila y silenciosa, sencilla y funcional estaba en realidad lleno de sueños.
Nadie sabía que cuando caminaba a su casa cada tarde lo hacía silbando una canción, ni que apenas cruzaba la puerta se ponía a bailar de tal modo que hasta Fred Astaire hubiera estado envidioso de su gracia y coordinación. Ni que podía cantar el tango mejor que Julio Sosa y que cuando lo hacía las personas que pasaban debajo de su ventana se detenían asombradas y emocionadas sin entender de dónde les llegaba la magia de esa canción.
Nadie que lo viera en esos momentos podría haber reconocido en esos ojos llenos de vida, de sueños y emoción al hombrecillo oscuro que, atravesado por miles de personas, donde todos lo veían pero sin nadie que lo viera, dia tras dia cumplía su función. Aquel hombre para ellos, no era más que un pasillo, un lugar de tránsito.
Pero a él no le importaba porque todos los días, cuando terminaba su horario y emprendía el regreso a su casa, lo hacía silbando una canción.
Pero a él no le importaba porque todos los días, cuando terminaba su horario y emprendía el regreso a su casa, lo hacía silbando una canción.